
El carnaval de la reclusa: murgas, balcón y un silencio que aturde
Sección País
El silencio hace ruido. Mucho ruido.
En el departamento de la calle San José al 1100, pleno barrio de Constitución, Cristina Fernández de Kirchner lleva noventa días jugando a las escondidas. No es la mujer que usaba la cadena nacional como látigo, ni la tuitera furiosa que marcaba la agenda con una carta de domingo. Es, desde el 19 de noviembre de 2025, una reclusa que administra sus apariciones con cuentagotas.
Estrategia política, depresión post-poder o simple cálculo judicial. Vaya uno a saber.
Lo cierto es que mientras el país debate cuestiones centrales como la Reforma Laboral —un tema que en otro momento la hubiera tenido escupiendo fuego desde el atril—, ella calla. Su cuenta de Twitter, otrora trinchera de guerra, hoy parece un obituario: apenas unas líneas para despedir a la senadora Sandra Mendoza o para lamentar la muerte de un militante. Ah, y una mención a la caída de su socio Nicolás Maduro. Del resto, nada.
Pero el cerco se rompió este fin de semana. O, mejor dicho, lo rompieron desde afuera.
Porque el "operativo clamor" no descansa, ni siquiera el día de los enamorados. El sábado 14, San José se convirtió en un corsódromo improvisado. Mariel Fernández, la intendenta de Moreno y leal soldado del Movimiento Evita, le llevó las murgas a la puerta. La excusa: agradecerle la restitución de los feriados de carnaval, aquella medida populista que devolvió el feriado largo a cambio de productividad.
"¡Los pueblos tristes no vencen!", tuiteó Mariel, eufórica, mostrando a "La Jefa" en el balcón.
Y ahí estaba ella. Conjunto beige, saludo papal desde las alturas y esa media sonrisa de quien sabe que, aunque esté condenada a seis años e inhabilitada de por vida por la Causa Vialidad, todavía conserva la capacidad de movilizar al núcleo duro.
No fue la única visita. Florencia Saintout, de La Cámpora y con la billetera de Cultura de la Provincia a cuestas, también montó su show. Artistas plásticos, murales en la vereda y un arcoíris con la leyenda "Cristina Libre". Un deseo, más que una realidad jurídica.
Para esa segunda función, Cristina se cambió el outfit: jean y camisa blanca bordada. Salió, saludó, se dejó querer. "Amor con amor se paga", le cantaban desde el asfalto.
Pero el amor, al parecer, no se paga con retuits.
Porque a pesar del despliegue, de los bombos, de la pintura y de los dos cambios de vestuario, en las redes de la expresidenta no apareció ni una foto. Nada. Ni una mención al "hermoso regalo" de Saintout ni a la alegría de las murgas de Moreno.
Es un comportamiento extraño para alguien que hizo del relato una religión.
Quizá sea el miedo a complicar su situación procesal, esa que ya la tuvo en la mira por el desfile incesante de visitas en un domicilio que debería ser de cumplimiento de pena y no unidad básica. O quizá sea que, tras el susto de la apendicitis en el Otamendi en diciembre, Cristina entendió que el bajo perfil es el único fuero que le queda.
Lo concreto es que en San José hubo fiesta, hubo murgas y hubo balcón. Pero puertas adentro, el silencio de la condena sigue siendo el único dueño de casa.



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