Patricia, la senadora biónica: Ray-Ban, inteligencia artificial y el fantasma del "machete" electrónico

Mientras se cocinaba la Reforma Laboral, Bullrich apareció en el recinto con unos lentes de realidad aumentada que filman y reproducen audio al oído. ¿Futurismo libertario, creación de contenido o una "ayudita" externa para no perder el hilo?
Política16/02/2026Sección PaísSección País
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(Sección País IA)

La democracia tiene sus rituales: el quórum, el timbre, los discursos soporíferos y, ahora, los accesorios de ciencia ficción.

El miércoles, mientras el Senado debatía la ley más caliente de los últimos cincuenta años, Patricia Bullrich decidió que era un buen momento para jugar a ser Robocop. O una influencer tecno. O quizás, solo quizás, una alumna picara con un "machete" de última generación.

La jefa del bloque libertario se calzó unos Ray-Ban Meta Skyler de armazón blanco. A simple vista, unos anteojos de sol con onda. En la práctica, una computadora en la cara.

El juguete sale unos cuantos dólares y viene con el combo completo de la distopía moderna: inteligencia artificial de Meta, cámaras para grabar todo lo que el usuario ve y, el detalle que encendió las alarmas, "altavoces discretos abiertos". La web del producto lo vende como una "experiencia total de escucha", ideal para que nadie más oiga lo que te están diciendo al oído.

Y ahí es donde la política mete la cola.

Patricia se los puso cerca de las 11:30 de la mañana. No leyó su discurso con ellos —hubiera sido demasiado obvio—, pero los usó para repartir juego y cederle la palabra a los senadores Godoy y Olivera. Fueron minutos, pero alcanzaron para desatar la paranoia en el Círculo Rojo y la fiesta en Twitter. 

¿Alguien le estaba soplando la letra? ¿Había un asesor del otro lado de la línea dictando los tiempos? ¿O era la Inteligencia Artificial de Zuckerberg diciéndole cómo pilotear la sesión?

La sombra de Zulemita Menem y su mítico auricular en la facultad sobrevoló el recinto. También el recuerdo fresco de Juliana Santillán y sus intervenciones sospechosamente fluidas. En la Argentina de la avivada, ver a una senadora con un dispositivo capaz de recibir audio sin que nadie se entere es, como mínimo, una invitación a la sospecha.

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Desde el kirchnerismo, Juliana Di Tullio desempolvó el reglamento como una maestra ciruela: el artículo 196 prohíbe leer y el 227 impide alterar las normas. "Es distópico", sentenció la periodista Irina Sternik. Y tiene razón. Es un capítulo de Black Mirror con empanadas en frasco.

No es la primera vez que Bullrich pasea sus gafas espía. Ya las había llevado a pasear al Vaticano, al funeral del Papa Francisco, cuando todavía era ministra de Seguridad. Esa vez fue una nota de color; esta vez, en pleno recinto y con una ley clave en juego, pareció una provocación o un descuido de quien se siente impune ante las formas.

Lo más probable, conociendo el paño libertario, es que no haya habido conspiración ni soplón electrónico. Probablemente, Patricia solo quería grabar un video en primera persona para TikTok, alimentar a la bestia de las redes que tanto rédito les da.

Pero la imagen quedó. La senadora con sus gafas blancas, mirando a la nada, escuchando voces que solo ella podía oír, mientras a su alrededor se decidía el futuro laboral de millones de argentinos. Todo muy moderno. Todo muy raro.

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