
El blanco de Milei: quién es Madanes Quintanilla, el millonario que cerró FATE y desató la furia oficial
Sección País
En la política argentina, las casualidades cotizan a la baja. Que la fábrica de neumáticos más grande del país baje la persiana y deje a más de 900 familias en la calle exactamente 24 horas antes de que la Cámara de Diputados debata la Reforma Laboral, es un escenario demasiado sugerente para los amantes de las teorías conspirativas. Y el Gobierno nacional, siempre rápido de reflejos para subir enemigos al ring, no dejó pasar la oportunidad para iniciar una cacería digital.
El protagonista excluyente de esta tormenta es Javier Madanes Quintanilla, un empresario de 73 años que no necesita presentación en los salones del círculo rojo, pero que de la noche a la mañana se transformó en el villano favorito del ecosistema libertario. Con una fortuna estimada en 1.500 millones de dólares —lo que lo ubica en el puesto número 12 de los hombres más ricos de la Argentina, según la revista Forbes—, el dueño de FATE y de la productora de aluminio Aluar pasó de ser considerado un histórico "capitán de la industria" a ser tildado de desestabilizador.
Para entender el peso específico de Madanes hay que rebobinar ocho décadas de historia económica. Su linaje es, en muchos sentidos, el resumen perfecto del empresariado nacional que creció amparado por el Estado. Su abuelo, el inmigrante polaco Leiser Madanes, arrancó el negocio familiar vendiendo impermeables en el barrio porteño de Once. Fueron su padre Adolfo y su tío Manuel quienes dieron el salto al fundar la Fábrica Argentina de Telas Engomadas (FATE) en 1940, en Saavedra.
La empresa engordó al calor de las políticas proteccionistas y la sustitución de importaciones. En los años sesenta inauguraron la emblemática planta de San Fernando y se convirtieron en el proveedor hegemónico del país. Sobrevivieron a la apertura comercial de José Alfredo Martínez de Hoz durante la última dictadura y se consolidaron en los ochenta, época en la que FATE ostentaba el poderío suficiente para auspiciar las camisetas de River Plate y Boca Juniors en simultáneo. Javier, ingeniero industrial y gallina fanático, tomó el control del imperio familiar en 1992, consolidando además el monopolio del aluminio con Aluar. Hoy, la herencia está garantizada a través de sus tres hijos: José, Ramón y Pía.
Pero la chapa y la billetera no lo salvaron de la motosierra narrativa de La Libertad Avanza. Al contrario, lo convirtieron en el blanco perfecto. La usina de redes que responde a la Casa Rosada interpretó el sorpresivo cierre de la planta en San Fernando no como un problema de rentabilidad por la importación china, sino como un "apriete" corporativo a cielo abierto.
El influyente tuitero oficialista Daniel Parisini, alias "Gordo Dan", ofició de fiscal en la red social X. Allí despellejó a Madanes: lo acusó de ser "amante de los gobiernos kirchneristas", de haber multiplicado su patrimonio gracias a subsidios y créditos blandos para Aluar, y de castigar a los argentinos vendiendo neumáticos al triple de su valor internacional por operar en un "zoológico" cerrado a la competencia. Además, le enrostró haber defendido el cepo cambiario y haber sido financista de la campaña presidencial de Alberto Fernández en 2019. "Hoy declara la 'quiebra' porque se abrieron las importaciones. ¿Podés creer?", remató el militante digital.
La línea discursiva bajó en cascada. El ex vicepresidente Carlos Ruckauf sumó su voz al coro oficialista en la pantalla de LN+, calificando al titular de FATE como "un personaje siniestro" que busca extorsionar al Gobierno echando trabajadores porque no quiere competir libremente.
El presidente Javier Milei, que semanas atrás no dudó en cruzar mediáticamente a otro gigante como Paolo Rocca (Techint), esta vez optó por la estrategia del retuit compulsivo. Avaló desde su cuenta personal decenas de mensajes lapidarios contra Madanes, pero se reservó un único y críptico mensaje de su propia autoría. "¿Conspiranoico yo? Fin", escribió el mandatario este miércoles. Una frase breve pero letal que resume el pensamiento en Balcarce 50: el cierre de la fábrica fue una bomba de humo diseñada para incendiar el clima social, justo cuando el oficialismo se juega el todo por el todo con la flexibilización laboral en el Congreso y la CGT amenaza con paralizar el transporte.
Pero la paranoia oficial tiene, además, ramificaciones internas. Desde los sótanos de las redes libertarias aprovecharon el escándalo para lanzar esquirlas contra la vicepresidenta Victoria Villarruel. Los trolls recordaron con malicia que, en septiembre del año pasado, Villarruel eligió justamente la planta de FATE para celebrar el Día de la Industria, una visita que terminó en un momento de tensión cuando el gremialista Alejandro Crespo (SUTNA) la increpó con un panfleto. En la febril interna del Gobierno, esa vieja foto de la vicepresidenta junto a Madanes hoy se utiliza como insinuación de oscuras alianzas transversales.
La caída de FATE marca el final trágico de una era para la industria manufacturera tradicional, pero al mismo tiempo expone el choque frontal y definitivo entre dos modelos de país. Por un lado, el capitalismo fuertemente regulado que dominó la Argentina durante medio siglo; por el otro, la apertura irrestricta que empuja la gestión libertaria. En el medio de esa guerra ideológica y comercial quedan 920 telegramas de despido, la desesperación gremial y los galpones vacíos en la zona norte del conurbano.


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