
El imperio textil de los Awada, golpeado por la crisis: tras avalar la apertura de importaciones, el Grupo Altatex recorta costos laborales
Sección País
La brutal recesión que atraviesa la industria textil argentina ya no discrimina tamaño ni espalda financiera, y comenzó a cobrarse el peaje entre los jugadores de mayor peso del establishment nacional. En las últimas horas, el Grupo Altatex, el poderoso holding empresarial de la familia Awada que controla marcas líderes como Cheeky, Awada y Como Quieres, se vio forzado a firmar un esquema excepcional de emergencia con los gremios del sector para reducir drásticamente sus costos laborales durante los próximos meses.
Según se desprende de la documentación oficial, la firma acordó que entre los meses de febrero y abril pagará el 70% de los salarios bajo el concepto de sumas no remunerativas. En la práctica, esta ingeniería contable implica que los trabajadores continuarán percibiendo el mismo ingreso neto de bolsillo, pero la compañía se ahorrará una fortuna al reducir severamente el pago de aportes patronales y contribuciones a la seguridad social sobre esa gruesa porción de los sueldos.
La medida, que refleja el delicado estado de situación de las arcas empresariales, fue rubricada con los tres pesos pesados del sindicalismo textil: la Unión Cortadores de la Indumentaria (UCI), el Sindicato de Empleados Textiles de la Industria y Afines de la República Argentina (SETIA) y el Sindicato Obrero de la Industria del Vestido y Afines (SOIVA). Para completar el blindaje institucional, el entendimiento ya fue homologado por el Ministerio de Capital Humano, un guiño de la Casa Rosada para evitar que el conflicto escale a las calles.
La paradoja del modelo: de la mega inversión al salvavidas fiscal
El sacudón en los números de Altatex no es un dato menor en el mapa del poder económico. Se trata de uno de los grupos textiles más formidables del país: da trabajo a más de mil empleados directos, tracciona la producción de más de 70 talleres asociados y es presidido por Daniel Awada, hermano de la exprimera dama Juliana Awada.
El fuerte impacto de esta crisis cobra especial relevancia política por el abrupto cambio de escenario que sufrió la empresa en tiempo récord. Apenas el año pasado, en una clara demostración de fuerza, la firma había inaugurado una nueva planta en Tigre tras inyectar más de 10 millones de dólares, con la ambiciosa meta de producir y distribuir más de 10 millones de prendas anuales.
En ese entonces, y en sintonía con el recambio de gestión, Daniel Awada había respaldado públicamente la política económica del gobierno de Javier Milei, particularmente en lo referido a la desregulación comercial. “Estoy a favor de la apertura de importaciones. Tiene que servir para regular los precios locales, para que no haya abusos”, había sentenciado el empresario. Sin embargo, el choque con la realidad fue feroz: la letal combinación entre la caída histórica del consumo interno y la avalancha de mercadería extranjera terminó golpeando de lleno la línea de flotación de la producción local, obligando a los popes de la industria a recalcular sus estrategias de supervivencia.
El preludio de los despidos y el efecto dominó
En los pasillos del fuero laboral, nadie es ajeno al verdadero significado de este tipo de acuerdos de emergencia. Distintos especialistas del sector coinciden en que la reducción de las cargas patronales funciona como un "paracaídas de emergencia" para estirar los tiempos antes de tomar decisiones irreversibles. “Es el paso anterior a echar gente. El empleador dice ‘vamos a bajar las cargas para poder pagar salarios’”, graficó un experimentado abogado laboralista, dejando en claro que el fantasma de los recortes de personal merodea sobre el holding de los Awada.
El diagnóstico no es exagerado. Mientras Altatex intenta ganar oxígeno financiero a través de la flexibilización de sus pagos, el resto de la cadena textil ya comenzó a desangrarse. El síntoma más crudo de esta debacle se conoció en las últimas horas con el cierre definitivo de la histórica firma Panpack, una empresa emblemática del rubro que no logró sortear la asfixia económica, bajó las persianas para siempre y dejó en la calle a 75 trabajadores, confirmando que el colapso industrial en la Argentina ya dejó de ser una amenaza para convertirse en una dura realidad.


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