
Murió Darío Lopérfido: su descarnado ensayo final sobre la ELA, el derecho a morir y el dolor por su hijo
Sección País
El exsecretario de Cultura de la Nación y de la Ciudad de Buenos Aires, Darío Lopérfido, murió este 27 de febrero a los 62 años, en su residencia de Madrid, España. Su fallecimiento fue la consecuencia de la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), un diagnóstico que él mismo confirmó a mediados del año pasado y que terminó apagando la voz de uno de los gestores culturales más audaces, cosmopolitas y frontales de las últimas tres décadas. Lejos de buscar compasión o apelar a eufemismos, Lopérfido decidió enfrentar el desenlace con una pluma implacable, publicando semanas atrás en la Revista Seúl un texto que hoy adquiere el peso de un testamento existencial.
En ese escrito, el hombre que transformó la escena porteña decidió poner el foco no en su extensa trayectoria, sino en la degradación física, la indignidad de la enfermedad y la defensa innegociable de la libertad individual frente a la muerte.
El fin del glamour y una enfermedad "sin épica"
Para Lopérfido, el principal problema de la ELA radicaba en su naturaleza destructiva, silenciosa y ordinaria. "Tener ELA es una mierda. No por la posibilidad de morir, que me tiene sin cuidado. La vejez me resulta odiosa; morir sin atravesar esa catástrofe humana, en cambio, me parece un alivio", escribió a modo de declaración de principios.
Esa pérdida de la estética y del goce fue un golpe de gracia para alguien que, siendo un autodidacta que no terminó el colegio secundario, pasó de ser cadete de una agencia a crear el BAFICI, fundar el FIBA y dirigir los destinos del Teatro Colón. El hombre que amaba la ópera, la vanguardia y el roce con la intelectualidad europea, confesó su fastidio ante la ordinariez de su padecimiento: "La ELA no te deja nada de glamour. Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba".
Contrastó su situación con figuras como Claudio Abbado o David Bowie, quienes pudieron enfrentar la muerte amparados en el arte y la belleza. Para él, en cambio, "lo más heroico que te puede pasar es caerte, y caerse da un poco la imagen de idiota".
Ateísmo, lucidez intelectual y el rechazo a la lástima
Lopérfido abordó su inminente final desde un ateísmo estricto. Rechazó de plano cualquier consuelo esotérico o religioso, negándose a abrazar la fe por desesperación. "No creo en nada: ni vírgenes milagrosas, ni reiki, ni constelaciones familiares, ni homeopatía. En nada. Todo me da risa", aseguró, asumiendo su destino con crudeza: "Game over es el momento en que uno deja de respirar. Todo termina ahí".
Esa negativa a claudicar intelectualmente lo mantuvo activo hasta el final. Instalado en Europa y estrechamente vinculado a la Cátedra Vargas Llosa —un espacio desde donde defendió férreamente la libertad de expresión tras forjar una íntima relación con el fallecido Premio Nobel peruano—, Lopérfido entendió que su única salida era "expandir la actividad cerebral al límite".
Fue en ese contexto de lucidez extrema que grabó su última entrevista con el escritor Martín Caparrós, radicado en Madrid y también diagnosticado con ELA. Pese a estar en las antípodas ideológicas —"Él es de izquierda y yo liberal", solía simplificar—, compartieron el peso del diagnóstico desde el respeto intelectual mutuo. Ese mismo respeto fue el que le exigió a su entorno, repudiando la infantilización que sufren los pacientes terminales: "Cada vez que me hablan de manera infantil, siento una oleada de odio. Cultivar el buenismo es insoportable", sentenció, reivindicando su "derecho inalterable a putear" para encontrar paz.
La eutanasia como "la muerte más civilizada"
Frente a un cuadro clínico irreversible, quien fuera un férreo defensor del liberalismo político aplicó esa misma doctrina a su propio cuerpo, abriendo un profundo debate sobre el derecho a decidir el final. Lopérfido defendió sin tapujos la muerte asistida, legal en España, como una salida digna frente a la tortura física.
"Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir. Vivir no debe ser obligatorio", argumentó con firmeza. Definió a la eutanasia como "la más liberal de las muertes" y cuestionó la lógica médica que estira la vida a cualquier costo, trazando un límite innegociable frente al sufrimiento: "Una agonía cruenta es algo que uno debe evitarse a sí mismo y evitarles a los demás. La muerte más civilizada es la que uno decide en pleno uso de sus facultades".
Esa honestidad brutal y sin filtros fue la misma que signó su carrera política. La misma que lo llevó a dejar el Ministerio de Cultura porteño en 2016 tras una fuerte controversia por sus declaraciones sobre los desaparecidos, pero que a la vez le valió el respeto transversal de figuras como el exjefe de Gobierno Jorge Telerman o el empresario Marcelo Figoli, quienes esta semana recordaron su "criterio de verdad", su austeridad y su lealtad a las ideas de la libertad.
El dolor inabarcable de una paternidad interrumpida
Más allá del rigor analítico para diseccionar la muerte y la política, el dolor más desgarrador de Lopérfido en su carta de despedida apuntó directamente a su círculo más íntimo: la frustración de no poder acompañar el crecimiento de su hijo pequeño, Theo.
Lopérfido había llegado a la paternidad a los 54 años, viviéndola como una etapa luminosa. La pérdida de vitalidad para jugar al fútbol, pasear o compartir un parque de diversiones lo devastó, al punto de generarle "furia" y empujarlo a evaluar un desenlace anticipado para evitarle a su hijo la imagen de un padre en ruinas. "De todas las torturas que me depara la enfermedad, ser un padre limitado es la peor y la que no tiene solución", admitió con un dolor palpable.
Acorralado por un cuerpo que se apagaba, encontró en su intelecto intacto su último refugio y su única forma de trascendencia. "Escribir me calma porque pienso que cuando crezca y yo esté muerto, él podrá leerme", concluyó. Fue su última obra: dejarle a su hijo y al debate público el testamento de un hombre que, hasta el último aliento, vivió y murió bajo sus propias reglas.


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